Viruta y salitre: El latido de una fábrica de cocinas

Trabajar en una empresa de fabricación de cocinas Ferrol es participar en una coreografía de precisión donde el aroma a serrín fresco se mezcla, inevitablemente, con el olor a salitre que se cuela por los portones de la nave. Aquí, en esta ciudad de alma industrial y manos curtidas, el diseño no es solo estética; es una cuestión de resistencia. Fabricar una cocina en el norte de Galicia implica entender que ese mueble va a ser el corazón de un hogar que lidia con la humedad atlántica y las reuniones familiares que nunca terminan.

Mi jornada comienza temprano, bajo ese cielo plomizo tan característico de Ferrolterra que parece pesar sobre las techumbres de las naves. Al entrar, el sonido de la seccionadora cortando tableros de melamina y madera maciza marca el ritmo del día. Mi puesto está en la zona de ensamblaje, donde los planos que llegan de la oficina técnica dejan de ser líneas en un papel para convertirse en volúmenes. Hay algo profundamente satisfactorio en ver cómo un conjunto de paneles se transforma en un armario perfectamente escuadrado tras pasar por mis manos.

En Ferrol, la herencia de los astilleros flota en el aire. Esa cultura del detalle, de que todo debe encajar al milímetro para que «navegue» bien, se traslada a nuestras cocinas. Si una bisagra no está perfectamente alineada o si el canto de una encimera presenta la más mínima imperfección, se nota. Los clientes de aquí son exigentes; buscan la robustez que caracteriza a lo gallego, pero con las líneas limpias que dicta la modernidad.

Lo que más me gusta de mi trabajo es el momento en que cargamos los camiones. Ver esas estructuras de color blanco, antracita o roble salir de la fábrica hacia algún piso en Canido o una casa en las afueras es como ver a un hijo independizarse. Sabemos que en esas encimeras se cortará el pan de cada día y se organizarán las cenas de Navidad. Somos artesanos de la cotidianidad.

Cuando suena el silbato que marca el fin de la jornada, me sacudo el polvo de la ropa y salgo a la calle. El aire de la ría me limpia los pulmones mientras camino hacia el coche. Miro las grúas del puerto recortadas contra el atardecer y siento que, a pequeña escala, sigo manteniendo viva la llama industrial de mi ciudad. En Ferrol no solo hacemos muebles; construimos el escenario donde sucede la vida.